Tradicionalmente consideramos la realidad, desde eso “otro” que poco guarda relación con nosotros, aquello que es dado, sin embargo la realidad, comprendida desde lo humano, tiene más que ver con nosotros, con el mundo que hemos creado, con aquello al que le hemos dado significado, que dice algo de nosotros y de nuestro tiempo.
El pensamiento de Baruch Spinoza no suele enumerarse entre los pensadores más destacados en los manuales de la Historia de la Filosofía en contraposición de los clásicos, incluso en los pensum de Historia de la Filosofía Moderna de muchas escuelas.
El autor evoca al principio de su segundo tratado las conclusiones a las que ha llegado en el primero, a saber: que ningún gobernante es beneficiado de una facultad de autoridad sobre los otros hombres desde su origen, en este caso אדם, es decir, si אדם recibió de D-s tal condición en su naturaleza, este no lo heredó a sus hijos y de ser así pues hoy en día no se puede definir que descendiente pudo haberla adquirido. A esto él le llama: “el dominio personal y la jurisdicción paternal de אדם”[1].
Immanuel Kant nace en Könisberg en 1724, y muere en la misma ciudad en febrero de 1804. Entre sus obras podemos destacar las siguientes –en orden de aparición- “La crítica de la razón pura” (1781), “Cimentación de la Metafísica de las costumbres” (1785), “Crítica de la Razón Práctica” (1788), “Crítica del Juicio” (1790), “La Religión dentro de los límites de la mera razón” (1793) y “Para la Paz perpetua” (1795). Hablar de la vida de Kant es, sin duda, hablar de la vida de un grande de la filosofía. Por lo que nos será prudente dejar este aspecto a un lado, a los efectos de introducirnos al tema de la moralidad “kantiana” y cumplir con el tiempo establecido.