El autor evoca al principio de su segundo tratado las conclusiones a las que ha llegado en el primero, a saber: que ningún gobernante es beneficiado de una facultad de autoridad sobre los otros hombres desde su origen, en este caso אדם, es decir, si אדם recibió de D-s tal condición en su naturaleza, este no lo heredó a sus hijos y de ser así pues hoy en día no se puede definir que descendiente pudo haberla adquirido. A esto él le llama: “el dominio personal y la jurisdicción paternal de אדם”[1].
Para Nietzsche el tema de la moral y la tradición tienen muchos puntos de partida, podemos decir que desde su juventud[1] su reflexión inicial identificaba en la complejidad social, el uso de la doctrina religiosa para influir en el modo de comportamiento de las personas, pero más allá de esto, también hay una pregunta por los usos y costumbres seculares y la tradición.
En la tradición filosófica nos topamos en reiteradas ocasiones con el “Yo”, con mayor fuerza y fundamento luego de las propuestas cartesianas. Este “yo” es, por un lado, mera subjetividad, pero por el otro es una razón generadora de verdades universales.
Immanuel Kant nace en Könisberg en 1724, y muere en la misma ciudad en febrero de 1804. Entre sus obras podemos destacar las siguientes –en orden de aparición- “La crítica de la razón pura” (1781), “Cimentación de la Metafísica de las costumbres” (1785), “Crítica de la Razón Práctica” (1788), “Crítica del Juicio” (1790), “La Religión dentro de los límites de la mera razón” (1793) y “Para la Paz perpetua” (1795). Hablar de la vida de Kant es, sin duda, hablar de la vida de un grande de la filosofía. Por lo que nos será prudente dejar este aspecto a un lado, a los efectos de introducirnos al tema de la moralidad “kantiana” y cumplir con el tiempo establecido.